Museo Nacional de Arte

Escenas de la vida de la Virgen, (8 recuadros)




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Escenas de la vida de la Virgen, (8 recuadros)

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Escenas de la vida de la Virgen, (8 recuadros)

Artista: JOSÉ DE IBARRA   (1685 - 1756)

Fecha: s/f
Técnica: Óleo sobre lámina de cobre
Tipo de objeto: Pintura
Créditos: Museo Nacional de Arte, INBA Acervo Constitutivo, 1982
Descripción

Descripción

 Nacimiento de la Virgen.--- En una cama resguardada por un dosel, santa Ana es asistida por una aya. En el primer plano cuatro mujeres proporcionan un baño a la Virgen niña. Una palangana, un cántaro, un paño y un cesto de costura ambientan la escena y le dan un carácter de intimidad femenina. Los mariólogos suponen que este pasaje se desarrolló en la misma casa "de la Anunciación" en Nazareth. Hay que destacar como rareza iconográfica la ausencia de san Joaquín en esta escena, que se desarrolla en un ambiente exclusivamente doméstico y femenino.

Tanto el episodio como los nombres de los padres de María fueron recogidos tan sólo por la tradición apócrifa en el Protoevangelio de Santiago.

La adoración de los pastores.-- La Virgen María descubre de sus paños a Cristo Niño, recostado en un pesebre, para que un grupo de pastores le contemplen y adoren. San José, a espaldas de María, sostiene una vela que es a la vez la fuente de luz de todo el cuadro. En las alturas, un "rompimiento de gloria", encabezado por cuatro angelillos, proporciona cierto equilibrio lumínico a esta escena nocturna.

  La manifestación del Niño, interpretado como un anuncio de la buena nueva a los humildes y gentiles en la "cueva" de Belén, se recoge en el Evangelio según san Lucas (2, 8-17).

 La presentación de Jesús al Templo.-- En lo alto de una escalinata el santo Simeón sostiene a Cristo Niño. A la izquierda se observa, en actitud reverente, a la Virgen y san José, quien ofrece los pichones dispuestos para el sacrificio. Una anciana al lado del "justo" Simeón puede recordar a la profetisa Ana. Del lado derecho, un individuo joven y esbelto hace esfuerzos por prender una candela, tomando fuego de una gran llama que reverbera en un pebetero.2 El cielo, ennegrecido, se escampa merced a los rostros de unos angelillos.

  Respetuosos de la ley mosaica, san José y la Virgen aguardaron cuarenta días después del nacimiento de Jesús para "purificarse" en el Templo de Jerusalén; para tal efecto, llevaron sus ofrendas expiatorias (para los ricos era un cordero y para los pobres dos tórtolas). Las palabras dolorosas y venturosas que allí pronunciaron Simeón y Ana son tenidas en el Evangelio según san Lucas (2, 22-38) como anuncio de la misión universal y redentora de Jesús.

La Resurrección.-- Un ángel ha removido la lápida del sepulcro de Cristo, quien, triunfante y resurrecto, es arrebatado a los cielos en medio de un gran vuelo de paños y un torrente de luz ambarina. La luna luce llena, semioculta tras las nubes. En un primer plano un centurión contempla despavorido el portento al tiempo que blande su espada; otro más duerme aun formando una curiosa figura escorzada.

  No hay evidencias directas de la participación de la Virgen en los siguientes cuarenta días que siguieron a la resurrección de Jesús, pero los doctores de la Iglesia suponen que no hacía falta dada la fe que ella tuvo siempre en la promesa de su Hijo

 La ascención.--Cristo se eleva en medio de un celaje luminoso e imparte su bendición flanqueado por dos ángeles. A sus pies, encabezados por la Virgen, los doce apóstoles contemplan el prodigio, implorantes e hincados en torno a una gran roca.

  Constituye una deducción el hacer partícipe a la Virgen de la elevación definitiva de su Hijo en el monte Olívete, conforme lo narra el Evangelio según san Lucas (24, 52).

Pentecostés.-- En lo alto de una sala oscura, el Espíritu Santo se manifiesta en forma de paloma y baña de luz la figura central de la Virgen, acompañada por otras dos mujeres.

Al pie del estrado que ocupan éstas, los apóstoles se muestran azorados. El libro caído en el suelo pudiera sugerir que los seguidores de Jesús ya han sido confirmados en su misión apostólica, luego que ha tenido cumplimiento la predicación evangélica.

  La llegada del Espíritu Santo para iluminar a los apóstoles presididos por la Virgen es otra interpretación libre de los escritos apostólicos (Act. 2, 1; 2,36).

 La asunción.-- En el plano inferior los apóstoles rodean el sepulcro de María y sostienen admirados su mortaja. La Virgen se eleva en posición sedente en un banco de nubes y sostenida por un grupo de querubines. En las alturas, la Santísima Trinidad la espera sosteniendo una corona imperial de cuatro bandas. La Virgen luce una aureola punteada por doce estrellas.

  No existe fundamento escriturario sobre la asunción de María y los doctores deducen que la coronación fue la recompensa que le otorgó el cielo, luego de sus penas y disposición en la obra de redención.

 La Virgen del Apocalipsis.-- Posada sobre la esfera del mundo y pisoteando a la bestia, la Mujer-Águila del Apocalipsis despliega sus grandes alas al tiempo que resguarda al Cristo Niño entre sus brazos. También se la ve aureolada con sus doce estrellas, conforme a la descripción de la escritura de san Juan. El Padre Eterno toca con su cetro la mano del

Niño, quien se esfuerza por alcanzarlo. En un primer plano, san Miguel Arcángel está a punto de descargar la fuerza de su espada flamígera sobre el monstruo maligno. Dos querubines asustados contemplan el aniquilamiento de este engendro.

  El retrato de la "segunda Eva", vencedora del mal, está tomado del Apocalipsis de san Juan (12,1-9)

Comentario

El esmerado trabajo pictórico de José de Ibarra no sólo introduce una nota cromática más suave, armoniosa y esmaltada a la pintura novohispana sino también un tratamiento idealizado, si bien un tanto fiel a los cartabones iconográficos concebidos con anterioridad por otros pintores. No en balde llamado desde su tiempo "el Murillo de América", Ibarra remite en esta serie a las conocidas obras de Rubens pero también al tratamiento suave y blando del maestro sevillano. Tal es el caso de la muy reproducida Virgen del Apocalipsis para el presbiterio de la iglesia de María en Freising de Rubens, cuyas mejores versiones realizara Miguel Cabrera y entre las que destaca su gran óleo de la Pinacoteca de San Diego. Pero también Ibarra recurrió una vez más a este mismo expediente en su Virgen del Apocalipsis que custodia la Pinacoteca de la Casa Profesa, con dimensiones mucho más generosas, y un colorido contrastado, si bien suprimió al arcángel belicoso sustituyéndolo por un conglomerado de angelillos. La imagen de La asunción con los brazos abiertos y arrebatada por los ángeles es también un modelo murillesco que hoy se encuentra en la Wallace Collection de Londres.

  El Cristo resucitado, por su parte, recuerda el mismo de Bartolomé Esteban Murillo de la Academia de San Fernando de Madrid, así como la estampa de Goltzius sobre el mismo tema, que, sin ser una copia, presenta similitudes reconocibles. La escena de la adoración de los pastores sí es, en cambio, un traslado literal de una estampa de Goltzius.

  Algunos de estos mismos esquemas narrativos se repiten con algunas variantes en otra serie mariana que también ostenta la firma de Ibarra. Recientemente adquirida por el Museo de la Basílica de Guadalupe, se compone de ocho piezas, pero de formato oval y pintada sobre lienzo para decorar los muros de una capilla o sacristía conventual. El pequeño soporte en cobre, en cambio, nos sugiere que el artista trabajó esta serie para satisfacer un requerimiento doméstico, familiar o monjil.

  El conjunto de las ocho láminas de la vida de la Virgen fue adquirido en 1844 con los fondos de la lotería administrada por la Junta de Gobierno de la Academia de San Carlos. Se pagó por ella la cantidad de pesos a un particular de nombre desconocido. Bernardo Couto se refiere a esta adquisición en su Diálogo sobre la historia de la pintura en México: "En efecto, don José de Ibarra entró a toda vela en la novedad introducida por aquel célebre maestro [Juan Rodríguez Xuárez] y acaso hasta la exageró en algunos puntos, como en la predilección del color rojo y azul que prodigaba a sus obras. Obsérvalo por ejemplo en esas laminitas de la Vida de la Virgen, en las cuales, por otra parte, hay figuras bellas, como la del joven que está encendiendo una hacha, en el pasaje de la presentación al templo." En 1876 fueron seleccionadas para figurar en la Exposición Internacional de Filadelfia.

En 1934 se trasladaron a la sección colonial del museo instalado en el Palacio de Bellas Artes. La serie formó parte del acervo constitutivo del Museo Nacional de Arte en 1982, procedente de la Pinacoteca Virreinal de San Diego.

Inscripciones

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GLORIA IN EXCELSIS DEO ETIN TERRA PAX

15 (8)

Escudo del arcáng

QUIS UT DEUS